Prefacio de Guido Piccoli


Massimiliano Avesani y yo fuimos a Colombia.

 Probablemente por razones diferentes.
Hablo de las mías: amor, espíritu de aventura, seducción por lo nuevo y, con el tiempo, participación. Viviendo allí unos tres años, y visitándola periódicamente, escribí y describí la belleza de sus lugares y sus gentes, así como las dolencias, quizá inevitables, que padecía y en parte padece: desde el sangriento conflicto armado al cultivo y tráfico de drogas, pasando por la inquietante y escandalosa injusticia social. He escrito, hablado, visto y leído mucho.
Pues bien, aunque Colombia ha atraído a muchos periodistas y ensayistas desde que está "de moda", y aunque ha inspirado reportajes y libros superventas, reconozco que he encontrado pocas descripciones del contexto como las que ofrece Avesani en esta novela: precisas, a veces minuciosas, vívidas y descarnadamente honestas. Un resultado nada fácil ni obvio porque, sobre todo, este país y sus dramas han sido casi siempre retratados, incluso por algunos de los llamados "grandes nombres", con un guión mediocre que divide y distribuye claramente el bien y el mal, la proeza y la maldad, los héroes y los monstruos. Y si en los últimos años se hace un poco menos, es sólo porque los campos de coca o amapola y las consiguientes actividades de narcotráfico, así como la violencia que generan, han contagiado a otros países, en primer lugar a México.

El cuento de Efraín recogido por Lorenzo y traducido por Alfredo, aunque peculiar como todos los cuentos, es precisamente la constatación de la mezcla, a veces indisoluble, del bien y del mal. Un relato que, si bien no absuelve la despiadada transformación de este personaje, ciertamente la revela y explica.
Sus historias se entrelazan con importantes figuras de la historia reciente de Colombia, como el fallecido líder de la guerrilla comunista en los años ochenta, Jacobo Arenas, o Pastor Alape, comandante que sobrevivió al conflicto y fue uno de los principales negociadores del acuerdo de paz entre las FARC y el Estado. Sus retratos, así como los diálogos con Efraín, resultan extraordinariamente creíbles, demostrando la sensibilidad político-social del escritor, a menudo ausente en los "grandes nombres" antes mencionados.
En las páginas dedicadas a la lucha armada, puedo afirmarlo con convicción.
En aquellas, en cambio, que describen el largo y conflictivo ciclo de la cocaína, desde sus campos hasta las calles del narcotráfico, pasando por sus fases más violentas e intrincadas, no puedo sino aprender. Y por ello doy las gracias a Avesani.
Quedan las vicisitudes de Alfredo, Isabel, Lorenzo y los demás protagonistas de la novela. Vicisitudes que dejan un aliento en suspenso que no quiero, ni puedo ahora mitigar. A ustedes les corresponde leerla con la esperanza de que, como me sucedió a mí hace muchos años, si no nazca y crezca el amor, al menos el interés y tal vez la atracción hacia ese infernal paraíso terrenal llamado Colombia.

 

Guido Piccoli